viernes, noviembre 30, 2007

Bernat Soria

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas). Y mientras paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma, por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid, por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo, me encuentro con la televisión pública y entonces es cuando no puedo parar de gemir, de ladrar o de fluir como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y cómo no, 59 segundos. Menos de un minuto para ultrajar todos los siglos de civilización que ostentamos, para concentrar todas las tarjetillas de mnemotécnicos que un becario ha sido capaz de preparar y escupirlas al vulgo, unos pocos segundos (59 son lo que tarda el micro en desaparecer) para pontificar ante un país pongamos al 19% de share.

Un obeso tirando a mórbido (lejos de mí el censurar por eso) lanza diatribas contra la "Alimentacion Capitalista". El público aplaude. Él, ajeno, se acaricia una mano contra otra pensando que nunca ha tenido algo tan parecido a un púlpito pre-Vaticano-II para epatar a la concurrencia. Se llama Bernat Soria, y la provincia entera debiera levantarse por lo injusto del patronímico con lo carnal del personaje. Bernat sería capaz de quemar a alguien en la hoguera de la Divina Ciencia.

Dice que todo el dinero dedicado a la Ciencia es poco. Y lo dice tan tranquilo. Suelta entonces algo sobre las células madre y su plan sale de puta ídem: los sicofantes a sueldo miran al regidor y, a una señal de éste, desenfundan los argumentos sobre células de piel o lo que coño sea y levantan la mano.

La contrarréplica es de manual. Quince segundos dedicados al PP y 45 para mirar a los ojos a los enfermos de cáncer diciendo que lo que tienen en el cuerpo es falta de inversión. Anuncios. El alcohol está acabando con la Comunidad de Madrid. Acaban los anuncios. Bernat Soria sigue necesitando dinero para el bálsamo de Fierabrás.

Uno de los problemas de este país (y de Francia) es que Revel suena a bolero y casi no se edita. Allá por mediados de los 80, Jean François Revel ya alertó de los peligros de poner a un científico a los mandos de la maquinaria política. La Historia lo ha refrendado con unos cuantos ejemplos del resultado de poner a antropólogos, médicos, militares o músicos frustrados en situaciones de poder.

Los funcionarios siguen comiéndose el país como termitas mientras el gallo levanta otra mañana más a un millón de cadáveres. Según las últimas estadísticas.

1 comentario:

CresceNet dijo...
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